Los espacios de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela (UCV) posee un aura difícil de describir. Es por ello que, durante décadas, quienes han habitado sus espacios han intentado, con mayor o menor éxito, plasmar el espíritu de estos pasillos llenos de murales de Víctor Varela que asemejan a galerías más que a espacios educativos. Sin embargo, pocas personas han llevado esta pasión al nivel de Hanni Ossott, cuyas cenizas ahora reposan en estos jardines de la facultad que durante 20 años la vieron ejercer la docencia con una potencia invaluable.

Todo se desmiembra, ninguna forma es capaz de sostenerse, ningún nombre. Vuelo irreversible hacia la sensación. Piel, trozos de piel. Dispersión. Dislocaciones. Y este sonido inmenso, retenido, denso y frágil.

“Cuerpo: una disolución ante diversas instancias”, de Espacios en disolución (1976).


Extranjera en su propio hogar

Nacida en el corazón de un matrimonio alemán el día de San Valentín del año 1946, sufrió la pérdida de su madre cuando solo tenía 3 años de edad, hecho que durante años su familia trató de ocultarle para protegerla del sufrimiento. Esto marcó fuertemente su vida y su escritura, claramente visible en libros como Casa de agua y de sombras, donde relata su infancia.

Mi infancia es hoy un gran estanque

donde me miro

en su fondo verde liquen

piedras alcanzadas por el musgo

peces de rara y brillante especie.

Yo hundo allí mis manos

y agito las aguas

para alcanzar una sombra

                                 siempre evanescente.

El estanque me devuelve el cielo, las nubes

                            cielo y tierra en él se besan

                                         confluyen.

Yo dibujo allí una imagen, la sueño

                             mas no la alcanzo.

“El estanque”, de Casa de agua y de sombras (1992).

Hanni Ossott por Vasco Szinetar

A los 21 años entró a la Escuela de Letras de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV, y en 1971 contrajo matrimonio con Alejandro Otero, hijo del artista plástico homónimo. En 1975 se licencia y empieza su carrera como profesora, ingresando a la plantilla de su alma máter en 1978, después de haber recibido el Premio Nacional en la II Bienal de Poesía Ramos Sucre, en 1976, por su obra Formas en el sueño figuran infinitos. Dominando siete idiomas, parte a Grecia a estudiar a los clásicos en la Universidad de Atenas pero, desilusionada, abandona el país para estudiar filosofía en Londres por consejo de su amigo y gran escritor Manuel Caballero, con quien contrae nupcias meses después.

Una vida entregada a la creación

“La verdad poética es una de las pocas formas que la vida ha conseguido dar a la verdad para que le resulte vivible” dijo Juan David García Bacca, una frase que calza a la perfección con la vida de Hanni Ossott. Su labor como crítica, escritora, traductora, profesora y ensayista le valió el Premio Municipal de Literatura en 1987 y el Premio CONAC de Poesía en 1988. Con doce libros, diversas antologías e innumerables publicaciones alrededor del mundo, proveyó al mundo de una visión particular acerca de la soledad, la noche, la oscuridad y el lamento.

Considerada por muchos como “la poeta suicida que no cometió suicidio” -aunque existen hipótesis que arrojan que se quitó la vida en el 2002, pero la versión oficial señala que murió de causas naturales-, su escritura poética giraba en torno a la idea de la pena y la noche como sinónimos de un mismo reflejo interno, una memoria viva que fallece cuando toca la superficie. La casa, tema recurrente en sus textos, es al final una cárcel llena de dolor en la que los objetos cotidianos son cómplices del pesar que la atrapa, una sombra familiar que se aprovecha de la cotidianidad para reconocer sus movimientos y acecharla hasta lo más profundo de sí.

Poema de Hanni Ossott en la compilación «27 jóvenes poetas venezolanos»

Exilio interno

Traductora de poetas como Rainer Maria Rilke y Emily Dickinson, podría decirse que más allá de su intención de compartir con estos escritores el idioma, lo que realmente buscaba era compartir con ellos la habilidad del decir y seducir al lector a través de la paciencia y la laboriosidad. Es por esto que se dice que tuvieron una gran influencia en su escritura, porque hay dejos de estas voces en sus propios textos, donde lo académico de la producción literaria de la época se veía completamente abandonado por la visceralidad de la muerte y el tránsito errático que Hanni Ossott practicaba en paralelo a su minuciosa vida profesional. Lejos de pretensiones, Ossott demostraba que tenía miedo, que su vulnerabilidad era inevitable, y que se negaba a olvidarlo.

Rezo

Tengo miedo

Desconozco

No sé moverme

El río me habla de lo raro

de lo inmenso

Rezo

no sé de la montaña

sólo que es grande, magnífica

no debo decir de lágrimas en su pena

De Plegarias y penumbras (1986)

Reedición de Espacios para decir lo mismo, ópera prima de Hanni Ossott publicada por ediciones Letra Muerta en 2017

Tras varios años de reclusión en una casa de reposo donde, después de estar casada con un psiquiatra aprendió a odiarlos (y escribió al respecto), Hanni Ossott fallece en la Nochevieja del 2002 en su natal Caracas, por razones desconocidas. La pérdida que significó su muerte para sus seres queridos y para la literatura venezolana duró poco: reediciones postmortem de sus libros, el esparcimiento de sus cenizas en su amada universidad y los diversos estudios que se han hecho alrededor de su figura poética y académica demuestran que, como ella y en su honor, la muerte no significa el final y el dolor, en vez de olvidarse, se reivindica.

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