Amo el ‘slow reading’ y odio la farsa de las listas de libros del año

Cada semana llegan libros a casa. Las editoriales envían sus novedades a los periodistas esperando que hablemos de ellas. Muchas veces sucede, que ya sabemos qué quiere el medio para el que escribimos, así que concertamos una entrevista con el autor, otras veces reseñamos el libro y, muy pocas veces, hacemos crítica. Muchas veces nos gusta el libro, otras veces podríamos tirarlo a la basura.

A las editoriales le convienen las entrevistas o las reseñas, sin embargo, las críticas no tanto. Para nosotros, los periodistas, leer una media de 300 páginas multiplicadas por 20 libros al mes, quizás es demasiado complejo para la cantidad de horas que tiene un día, especialmente si te dedicas a otras actividades profesionales que no tienen que ver con el periodismo cultural, porque, como sabemos, solo los periodistas fijos son los que “pueden” vivir de escribir. Esto no es queja, es certeza.

Desde marzo cuando dejaron de llegar novedades por la pandemia entendí que necesitábamos un concepto de slow reading y, que a su vez, sería un nuevo concepto para la industria editorial que es casi imposible de implementar. Errata naturae lo intentó durante el parón de la cuarentena. Obviamente, solo ellos hicieron el ejercicio, las demás siguieron publicando y muchos autores se quedaron varados intentando promocionar sus libros, dando palos de ciego al ver que nadie les publicaba nada. Quizás la industria debería pensar menos en la acumulación –en hacer menos churros- y más en una ecología que llene de gracia y placer nuestro estilo de vida y los que trabajan alrededor de esa industria.

Pienso en todas las veces que me ha llegado un libro de un autor que no me interesa, no porque sea malo o mediocre, aunque los hay, y me pregunto qué hacer con él, en lo que hay detrás de esa historia, en cuánto tiempo le llevó escribirlo y en que yo no tengo ni idea, pero dejo el libro por ahí porque no tengo tiempo para él. Pienso en todos los libros buenos que solo tienen mil ejemplares impresos y que casi no venden, en las reseñas de peloteo entre columnistas porque sino más nadie los reseñaría o en la hipocresía de ciertas críticas o, en otras, que aunque destruyen el libro con argumentos válidos, el ejemplar sigue vendiendo y se sitúa en el top de ventas.

La industria funciona como la vida, es la supervivencia del más apto o del que mejor se sabe mover y sí, es cierto, pero mi tiempo este 2020 se vio mermado, y por eso es que no creo en la acumulación, así que más allá de una lista de los libros de la que habla todo el mundo o se publica en un medio “respetado”, yo les dejo una lista de lo que leí por completo y disfruté. También de aquellos libros de los que no pude escribir en profundidad pero que quise hacerlo o de aquellos que ni pude leer aunque me parecen que valen la pena y que los tengo -sí, en este caso- acumulados para otro momento. También en esta antilista recomiendo otros formatos como las series y el podcast que son otras formas narrativas, que viven en una nube digital y no ocupan espacio físico aunque sí consumen CO2. Otros formatos, a los que también, hay que pedirles calidad como a los libros. En resumidas cuentas esta es una lista para ver si resuena contigo estimado lector, no para quedar bien con amigos o editoriales.

Poco slow reading: el 2020 en mis artefactos culturales

Este año leí esencialmente mujeres. Sí, y no me he quedado huérfana de lecturas, como afirman en cierto medio “respetado”. En 2020 me encantó encontrarme con Linea Nigra (Pepitas) de Jazmina Barrera, un ensayo, la autoficción fragmentaria del embarazo de la autora, un libro como su anterior Cuaderno de faros, lleno de observaciones acerca de ella, de las otras futuras madres, del cuerpo de la mujer, de las que no son madres.

Luego llegué a Loola Pérez y la rigurosidad de su ensayo Maldita Feminista (Seix Barral) donde desgrana el feminismo y las diferentes formas de aproximación. Y casi al final del año llegué al ensayo de Nivedita Menon, Ver como feminista (Consonni) donde analiza el feminismo en la India y podemos ver cuán distintas son las luchas de las mujeres hindúes con las que tenemos en Europa o en Latinoamérica. También este diciembre me llegó El fin del amor (Katz) de la famosa socióloga marroquí Eva Illouz, una genialidad de ensayo para hablar de la incertidumbre en la que vivimos actualmente con respecto a las relaciones y las diferencias entre libertad sexual y libertad emocional.

Leí Tres Mujeres (Principal de los libros) de Lisa Taddeo y sufrí con esos tres testimonios donde el deseo y el placer femenino eran cercenados. Y a diferencia de Taddeo con Limonov entendí cómo de extraño aman los hombres con El hombre sin amor (Fulgencio Pimentel). O cómo son los finales de las relaciones, la ruptura y el duelo según Rachel Cusk en Despojos (Libros del Asteroide).

Mi ensayo del año fue Falso espejo (Temas de Hoy) de Jia Tolentino porque parece un artículo de opinión largo, mezclado con investigación y autoficción sobre lo que es ser mujer hoy en la era digital y la falacias de internet, esas que al parecer el feminismo actual no se ocupa o no se da cuenta: desde el linchamiento digital a la optimización estúpida del “qué es ser mujer” por parte de muchas influencers.

Dos ensayos poderosos de mujeres aún más poderosas llegaron a España este fatídico año para aliviar tristezas y entender interrogantes clásicas. Ya había leído Eros dulce amargo en inglés pero ahora se publicaba en castellano este complejo ensayo de Anne Carson, así que es más fácil entender las pulsiones en castellano. Eros dulce amargo (Lumen) explora el deseo y el erotismo desde donde se inició todo: la Antigua Grecia. A su vez, Rebecca Solnit -esa otra grande- nos traía la fórmula para encontrarnos si nos perdíamos con Una guía sobre el arte de perderse (Capitán Swing).

Me encantó Madre (Navona) de Ada Castell una narración muy dura sobre las relaciones madre e hija o cómo las mujeres no solo son el hippismo de la sororidad sino que también está ese arquetipo terrible de la mujer castradora. A su vez sentí el dolor de El tiempo vivido sin su fluir (Alpha Decay) de la poeta Denise Riley y la forma de contar la pérdida del hijo.

A la par de Castell y Riley llegué tarde a otros libros que no reseñé como Los errantes (Anagrama) de la premio Nobel Olga Tokarczuk donde se mezcla la ficción y la no ficción para hablar del cuerpo,  del viaje y el territorio. Me hubiese encantado leer Panza de burro (Barrett) de Andrea Abreu porque me dicen que es otra forma de narrar pero me lo anotaré para 2021; en cambio sí escuché podcasts que hicieron Las Raras sobre un grupo de mujeres que fueron golpeadas durante la cuarentena y que crearon una red por whatsapp que las salvó o el episodio en conjunto con De eso no se habla sobre las diferentes formas de amor o el capítulo de Radio Ambulante titulado Juego de niños, donde se ve cómo los niños durante la cuarentena fueron un poco tiránicos y pusieron a parir a los padres.

También leí a Cristina Morales y la nueva edición de Introducción a Teresa de Jesús (Anagrama), que me hizo cuestionarme por qué muchas veces los editores o editoras pueden ser como la madre de Ada Castell, castradores.

También releí a Clarice Lispector con El aprendizaje o el libro de los placeres (Siruela) y revisité mis series preferidas: Fleabag y Mad Men. Mi serie del año fue Better Call Saul porque la dupla Saul Goodman y Kim Wexler en la última temporada de la serie me hizo pensar que esas son las formas de amor en la contemporaneidad, unas que vencen a la violencia o la corrupción social. Por su parte, Michaela Coel me abrió muchísimas dudas sobre mi responsabilidad sexual y afectiva con la miniserie I May Destroy You. A la par lloré, odié y me eroticé al ver Normal People, serie que me enganchó más que el libro Sally Rooney y, para no ser tan dramática, una comedia me dio mucha felicidad este año al devolverme el amor por la ética y la filosofía: The Good Place, lástima que se acabó.slow reading

Posiblemente mi libro del año fue La cresta de ilión (Tránsito) de Cristina Rivera Garza porque me sacó una lágrima al terminarlo y me inspiró a dejar la no ficción de la que tanto bebo a un lado, para volver a las estructuras y a las ficciones con atmósferas extrañas y cuerpos sin género; lo que me recuerda la obra de otras mujeres que leí este año y que también me volaron la cabeza:  Sanguínea (Candaya) de Gabriela Ponce,  los cuentos de Giovanna Rivero en Para comerte mejor (Aristas Martínez) o Las voladoras (Páginas de espuma), la incursión en el relato corto de Mónica Ojeda.

Por último y, entendiendo que hay que preocuparse por el futuro y lo que se nos viene -en la misma línea de investigación de Jia Tolentino- leí dos libros grandiosos: La nueva edad oscura (Debate) de James Bridle donde nos ilumina sobre la capacidad de los datos en el mundo actual y cómo tanta información nos nubla y Programados para crear (Acantilado) del matemático Marcus Du Sautoy, quien te explica cómo creamos los humanos frente a las máquinas y cómo estas todavía no pueden lograr las genialidades que han creado los humanos en el mundo del arte o la literatura. Un libro para entender la fatalidad y otro para tener optimismo.

Espero seguir seleccionando, encontrándome con cosas que me gustan y que no en el 2021, que cada uno tenga su lista adaptada a sus gustos, porque como dice el experto en marketing Seth Godin, hay nicho para cada quien y cada nicho se verá ampliado por los placeres de cada persona. Yo por mi parte seguiré esperando e intentando el slow reading y el a lot of pleasures, así, aunque suene ridículo dicho en inglés porque todavía no sabemos articular esa práctica en español.

 

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