El 16 de octubre de 2014 nueve millones de estadounidense vieron, en horario prime time de la televisión abierta, a Annalise Keating desmaquillándose, quitándose joyas, pestañas postizas y peluca. Viola Davis, quien interpretó al personaje de Annalise, quiso dejar al descubierto el verdadero rostro de su personaje en una potente escena de la serie How to get away with murder para la cadena ABC. La actriz negra no quería representar solo a una poderosa abogada y prestigiosa profesora universitaria durante seis temporadas, sino a una víctima; por eso no tuvo reparo en proponerle esta retadora escena a su creador Peter Nowalk. La intención era que, desde el inicio de la serie (la escena ocurre al final del cuarto episodio de la primera temporada), el espectador pueda ver a esta protagonista detrás de su máscara. Ella es una mujer que se revela vulnerable ante el espectador, ajena a los estereotipos de la televisión, capaz de enfrentarse a un marido infiel y un peligroso destino sin mayor artificio que su propia naturaleza humana.

Esta simbólica escena se repitió de distintas maneras durante la serie. Annalise era un personaje que caminaba constantemente sobre la fina línea del dolor. Alcohólica, viuda, abusada sexualmente, con la muerte de un hijo a cuestas, no solo trata de acallar y ocultar su pasado abrazándose al éxito, sino intenta proteger a cinco de sus mejores estudiantes que están involucrados de forma accidental en un crimen: Laurel, Michaela, Wes, Connor y Asher. Cada vez que parecía manipular la situación para resolver el caso, se venía una nueva temporada con la misma estructura: un flashforward fragmentado que anunciaba un nuevo crimen por ensamblar. La historia seguía llenándose de pistas que más bien parecían minas antipersonas en contra de sus protagonistas. 

Por eso la semana pasada, con apenas tres millones de espectadores en abierto, pero con un nuevo ansioso y amplio público nacional e internacional esperando la última temporada en streaming, Annalise se despidió despojándose del disfraz de la retórica. En un último gran juicio, en donde además se juega su propia libertad, decide mostrar las secuelas del personaje empoderado que la sociedad le obligó a construirse. Esta vez sin peluca, orgullosa de su afro, elabora un discurso con el que se presenta nuevamente ante la audiencia, alertando cómo el Estado se apropió de varios prejuicios para llevarla al estrado: “¿Soy una mala persona? La máscara está apagada, así que voy a decir que sí. ¿Soy el autor intelectual de una serie de asesinatos violentos? ¡Diablos! ¡No! Soy una mujer de 53 años de Memphis, Tennessee, llamada Anna Mae Harkness. Soy ambiciosa, negra, bisexual, enojada, triste, fuerte, sensible, asustada, feroz, talentosa, agotada… y estoy a su merced”. 

Obviamente es parte de una estrategia. Es abogada y debe apelar a la emoción del jurado para que reconsidere su causa. Como decía Frantz Fanon en su influyente libro sobre el racismo en la sociedad, Piel negra, máscaras blancas (1952): “Hablar es existir absolutamente para el otro”. Sin embargo, ¿por qué mostrar su vulnerabilidad usando la carta de la minoría?, ¿es una forma real de representarlas o es acaso solo un recurso temático de victimización en la televisión estadounidense actual? 

La ambición de Shonda Rhimes

Cuando el primer capítulo de How to get away with murder se estrenó en Estados Unidos, había levantado muchas expectativas. No solo por la figura de Viola Davis como cabeza de cartel sino por la producción general de la reconocida Shonda Rhimes, amada y odiada por dos de sus creaciones más exitosas para ABC: la longeva e inagotable serie de médicos Grey’s Anatomy (2005) y el melodrama político Scandal (2012). Sin embargo, con la segunda serie, había obtenido una nueva ganancia: posicionar a una protagonista negra en el horario prime time de una cadena abierta, logro que no se alcanzaba desde el año 1974. Oliva Pope, interpretada por la actriz Kerry Washington, era asesora en una agencia de gestión de crisis que apoyaba a la Casa Blanca. Glamorosa, letal, enérgica, poderosa y amante -que no marioneta- del presidente de los Estados Unidos. Siempre vestida de alta costura, astuta e inteligente. Shonda solo tenía autorización de la cadena para hacer una primera temporada de siete episodios y, aunque confiesa que le pareció ofensivo, se encargó de asumir riesgos. Era, también hay que decirlo, consecuencia de una televisión que se construía durante el primer mandato de Barack Obama.

El melodrama sostuvo cada noche a un público fiel entre ocho y diez millones de espectadores durante las siete temporadas transmitidas en ABC. El impacto cultural fue tal que en series como Dear White People (2017), creada para jóvenes por la plataforma Netflix, usaban esa referencia a manera de parodia o de comentario social dentro de la comunidad negra del campus (Defamation, protagonizada por Olivia Bishop). En líneas generales, el público agradecía ver a una mujer negra empoderada como pieza clave de lo mainstream. Además, por su interpretación, la actriz fue nominada a muchos premios por ese papel, aunque no lograra ganar ninguno de los grandes de la televisión: Emmy y Globos de Oro. 

Viola Davis, en cambio, sería quien rompería ese estigma. En 2015 se convirtió en la primera actriz afroamericana en llevarse un Emmy como mejor actriz protagónica de un drama televisivo, galardón por el que siguió nominada de manera continuada hasta 2019. Un logro que la siguió catapultando en el mundo del espectáculo y que ella recibió orgullosa con un discurso inclusivo: “Lo único que separa a las mujeres de color de cualquier otra persona es la oportunidad […] No se puede ganar un Emmy por roles que simplemente no existen”. Por este papel también se llevaría dos premios SAG. Esto, por supuesto, dejando de lado su carrera cinematográfica, por la que se ha llevado varios premios. Es considerada la mujer negra con más nominaciones al Oscar

Uno de los méritos de Annalise Keiting era su complejidad emocional. Alejada de la aparente perfección que emanaba Olivia Pope, representación de una protagonista ideal. Annalise era alimentada por la experiencia de Viola Davis, quien ofreció espacios de memoria y alternativas a Peter Nowalk. Actriz y creador confeccionaron un pasado marginal lleno de abusos, injusticia y dolor. Es en la misma actriz, con una infancia llena de carencias y miserias, donde radica esa naturalidad para profundizar en las tinieblas de un personaje tan complicado. Annalise tenía tantas aristas que gran parte del público y algunos miembros de la crítica la llegó a catalogar como la villana de la serie.

Con esa fuerza interpretativa de Viola Davis, Shonda Rhymes consiguió cerrar el bloque prime time para tres producciones dramáticas con fuertes personajes femeninos reconocidos por el público. Grey’s Anatomy, Scandal y How to get away with murder eran los líderes de los jueves en ABC. El televidente podía perderse durante tres horas dentro del universo que ofrecía Shonda, en donde todo converge. Por ejemplo, Olivia Pope participa en uno de los capítulos de How to get away with murder para ayudar a Annalise Keating. Como ese, hay muchísimas formas en las que sus series se comunican. 

El ambicioso logro de la creadora y productora evidentemente no tenía que ver con su color de piel sino con el talento para crear proyectos exitosos que funcionan en la televisión abierta actual. Shonda tuvo la claridad para aprovechar el momento social, usar el discurso de distintos colectivos como fortaleza y no de excusa para el rating. Lo integra de manera orgánica en un producto popular que le permite hacerse eco. Es consciente del poder y como dice Fanon: “la conciencia es actividad de trascendencia”.

Sus programas forman parte del boca a boca de la crítica y las academias, y mantienen el interés -o enganche- de distintos públicos. Aunque para ello muchas veces usa trampas narrativas: escenas de sexo, golpes de efecto en la trama, uso de temas en tendencia, poca profundidad en sus disertaciones, la emocionalidad al extremo; pero genera sólidos personajes que sirven como figuras de representación popular con un alcance aún mayor que cualquier serie en streaming. No es casual que sus protagonistas, Meredith Grey, Olivia Pope, Cristina Yang, Miranda Bailey y Addison Montgomery, formen parte del imaginario de las mujeres exitosas de la televisión actual

Sin embargo, Annalise Keating, a efectos de imagen, sigue siendo un antiheroína en toda regla. ¿En qué radica su culpa?, ¿por qué su final debe ser redimirse?

Presuntamente culpable

El 9 de julio de 2016, la cadena de televisión abierta de Italia RAI 2 estrenó el primer capítulo de How to get away with murder. Los personajes Connor y Oliver tenían una provocadora y sutil escena sexual que fue censurada. Lo mismo ocurrió en Filipinas. Un espectador que había visto anteriormente el capítulo por internet hizo la denuncia por redes sociales, consiguiendo el apoyo de Nawolk, Shonda y el actor que interpretaba a Connor: Jack Falahee. Los tres fundamentaban que dicho encuentro iniciaba las bases de una relación sentimental entre los dos hombres y que el amor no debería ser motivo de censura. El directivo en Italia acusó a una de sus editoras de haber cortado la escena por “exceso de pudor”, aceptando colocarla en próximas emisiones.

 

Peter Nowalk comentó en una entrevista que sentía una especial gratitud por poder contar dos historias del colectivo LGTBIQ en ese horario tan privilegiado. Quería  darle voz a su comunidad con personajes que se salieran del estereotipo con el que la televisión había acostumbrado al público. Sin embargo, volvemos a Frantz Fanon quien en su libro anuncia que el “el inconsciente colectivo, sin que sea necesario recurrir a los genes, es simplemente el conjunto de prejuicios, de mitos, de actitudes colectivas de un grupo determinado”. Durante el estreno de la serie en Estados Unidos, se acusó a ABC de tratar de fijar normalidad en actitudes que no lo eran: relaciones homosexuales e interraciales.  Era curioso pues que aunque la serie incluía diversidad en sus voces la forma de dialogar con los colectivos era más bien natural. Sus personajes no eran reconocidos por lo que representaban sino por lo que eran como seres humanos, llenos de errores. 

Annalise, en su rol de docente, usa el oficio del Derecho como arma para poder mantenerlos libres de culpa y enseñarles a protegerse del Estado, del FBI, de ella misma y de sus propias decisiones. A pesar de que ellos sean víctimas y también culpables de los distintos delitos que se van acumulando arbitrariamente en la historia. 

Esa naturaleza compleja de sus personajes los llega a posicionar más allá de lo que representan ante la comunidad. Oliver y Connor no solo son unos personajes con dilemas sobre la homosexualidad, Laurel no es la típica mujer latina, Michaella, Nate y Wes son personajes negros totalmente distintos a Annalise. Eso sí, todos son egoístas, ambiciosos, buenos, malos, interesados, amables, sacrificados y una serie de adjetivos que calzan perfectamente con sus personalidades dependiendo de la situación que enfrenten. Esto no quiere decir que los encasillen o sean maleables, todos reaccionan según sus personalidades, sin mucha profundidad, pero explorando sus lados oscuros.

 La producción de la serie también bebió de esa ambición y prolongó la historia a lugares irreales e imposibles. Esto alejó a los personajes de lo humano, perdiéndolos en lo siniestro. Eran pocos los que merecían salvarse de la justicia, porque las trama les hizo una trampa de la que era difícil salir. Todos los secundarios, en el episodio final, negociaban su condena con el FBI a cambio de traicionar a Annalise. Fue Connor el único coherente con su culpa, con sus ganas de redimirse y evitar la condena para Oliver. Este sacrificio corresponde de manera coherente a una trama de amor que efectivamente impulsaba esa primera escena censurada por culpa del prejuicio.  

Curioso que, a pesar de tantas trampas del guion, también sobre Annalise pesaba ese fuerte prejuicio del espectador. Los personajes se lo decían constantemente, lo repitieron tanto que todos en la realidad y la ficción se lo creyeron. Ella misma luchaba por no creérselo, pero había una realidad ineludible: ella no asesinó a nadie, solo buscó protegerlos a todos. Quizás por eso era tan revelador que Annalise diera este discurso en el capítulo 13 de la cuarta temporada, tan similar a las ideas de Fanon: “El racismo está integrado en el ADN de América. Y siempre que hagamos la vista gorda para el dolor de aquellos que sufren bajo su opresión, nunca escaparemos de esos orígenes”.

Imagen: ABC

Formas de contarse

El 20 de febrero de 2018, la actriz Karla Souza, que interpretaba al personaje de Laurel Castillo, denunció públicamente de violación a un director de Televisa con el que había trabajado, pero sin decir su nombre. El éxito que había cosechado y las buenas críticas de su desempeño en la serie daban suelo suficiente para atreverse a enfrentar dicha denuncia durante una entrevista en CNN. Gustavo Loza, quien dice no ser la persona que la actriz acusa, fue despedido en apoyo al movimiento #MeToo en México.

Karla Souza, quien siempre fue muy abierta en su experiencia laboral en Estados Unidos, expresaba la sorpresa que le generaba el estereotipo de raza en la sociedad. No tanto en la historia de la serie, en la que tuvo la oportunidad de hacer grandes aportes por la constante comunicación con el equipo. Incluso, al grupo de jóvenes les hicieron una convivencia previa a la grabación para que su amistad se viera en la pantalla. 

Aun así, a ella la encasillaban: era la mexicana o la blanca. A pesar de esto su personaje fue adquiriendo más presencia en la historia hasta que decidió apartarse. Su presencia en la última temporada solo fueron los dos episodios finales, en los que cerró el arco de su personaje, la enredada historia de la familia Castillo, el misterio de su desaparición y finalmente daba pie a un final cíclico, que tuviera que ver con el primer episodio. Ella simplemente era una sobreviviente más, como lo eran Michaela (quien siendo joven y negra acepta el trato del FBI por miedo; traiciona, renuncia y se convierte en eso que rechaza: una ambiciosa abogada capaz de todo para saltarse el prejuicio), Oliver y Connor. Entonces: ¿por qué Annalise sigue siendo presuntamente una asesina?

A diferencia de todos los anteriores, Annalise es una mujer de color inteligente pero que no tiene nada que perder. Ella es capaz de dejar en evidencia las bases del sistema judicial estadounidense que usa el prejuicio como una carta en contra. Lo hace, quizás, de forma inconsciente. El final de la serie ofreció sus momentos rocambolescos, trágicos, felices y ¿justos? Evidentemente esta historia no tenía la potencia crítica de otros productos como The good wife y The good fight, pero seguía siendo una forma de dar voz a una comunidad. Este artículo no busca contar spoilers ni decretar verdades sobre el desenlace, sino analizar por qué Annalise Keating ahora forma parte de la lista de personajes inolvidables de la televisión estadounidense. Ella representa la debilidad en un sistema, la injusticia social, el antagonismo del poder y la violencia del prejuicio. 

La pregunta del final más bien sería al espectador: ¿piensa que se hizo justicia?

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