El poder de mi voz o cómo le dije adiós a Instagram

Tenía que sentir el vacío debajo de mis pies, para darme cuenta del poder que estaba entregando mi vida a un solo punto de foco: Instagram (aplíquese para cualquier otra cosa en la vida)

Como coach y tarotista fui fluyendo con el hecho de que Instagram era ese lugar digital en donde estaba haciendo mis cimientos profesionales como creadora de contenido, sabía con certeza el poder que tiene esta plataforma en mi negocio y en mi vida; estaba relajada porque después de todo ¿qué podría pasar? Mi absoluta confianza en esta plataforma hizo que jamás me preocupara por esta vulnerabilidad, aunque más tarde se transformaría en fragilidad e impotencia.

El primero de julio de este año decidí dejar mi trabajo corporativo para dedicarme exclusivamente a mi emprendimiento como coach y tarotista. Tenía mucha motivación, y miedo claro está, haciendo contenido a tope, con toda mi creatividad e ilusión puesta allí, en Instagram. Hace dos semanas me percaté de que no podía escribir los textos en mis publicaciones, varias personas me indicaron que no podían etiquetarme, tampoco podía hacer reels de más de 15 segundos (algo que por fin me animaba a explorar) y, al intentar responder comentarios, o dejar alguno en otra cuenta, me saltaba un aviso que decía: “Restringimos determinada actividad para proteger a nuestra comunidad”.

Foto de Karsten Winegeart

Entré en negación y allí mi estado emocional se fue a un limbo. Pensaba “bueno seguro ya mañana o en unos días se ajusta todo”, “seguro por todo el movimiento de influencer tóxicos (sí, Naim Darrechi hablo de ti) están intentando hacer algo, ya pasará”. Los días continuaban pasando y yo seguía amordazada, esa era mi sensación. Para mí escribir siempre ha sido “estar en mis aguas” al compartir felizmente mi sentir. Ha sido mi zona de confort, sin embargo, en este punto, hace dos semanas, me empezó a salir un sarpullido por todo el cuerpo.

Allí estaba yo en parálisis, a días de comenzar un taller que no había podido promocionar por esta situación, empecé a entrar en depresión e inicié un profundo cuestionamiento de mi contenido: “¿En verdad mi contenido es dañino para alguien?”, “¿No soy bienvenida o aceptada aquí?” “¿Debo cambiar algo?””¿No estoy viendo algo, estaré mal yo?”, y en ese sentir, en esa indagación empezó a llegar la energía de la ira y luz de la aceptación.

No, no soy yo, mi contenido es de altísima calidad, ayuda constantemente a muchísimas personas, me nutre, nutre a mi tribu. Viene desde el lugar más sagrado de mi ser. Es útil.  Así sucesivamente fui cayendo en cuenta de que mi confianza, mi vulnerabilidad había sido amedrentada por una plataforma. Soy un daño colateral ante un proceso de cambio que obviamente está mal implementado, que NO está comunicado ni definido, y ¿sabes qué?, NO ES JUSTO. Se me olvida que yo soy un cliente de esta empresa, pero gracias a personas como tú y como yo estas redes existen, así que no, no lo aguanto. 

Reconozco que me he quedado corta de visión y acción por la comodidad y versatilidad de la red social, pero ¿a qué costo? Esta misma mañana me he enterado de que hay cuentas que han sido clausuradas por completo, por años y con miles de publicaciones, con contenido invaluable que quizás no existirá más, que sus creadores quedaron vacíos, violados, ultrajados, sin mencionar el impacto en sus negocios como modo de sustento de vida. 

Ahora mismo, al terminar de escribirles, mi plan es hacer ese backup de contenido que tengo en Instagram. Ya coordiné la creación de mi página web y, aunque posiblemente seguiré en esta red social, ahora tengo una visión más realista al preguntarme en dónde y a qué me expongo, a la par de crear un medio para impulsar lo que será mi verdadera casita digital.

Foto de NOTAVANDAL

Anoche en un mix de rabia, tristeza y aceptación llegué a la acción, al aprendizaje y al propósito de esto que estoy (estamos) viviendo, y diseñé un post sobre EL PODER DE NUESTRA VOZ. Ahora teniéndolo todo asentado les comparto algunos aprendizajes que espero que apliquemos juntos:

  1. No somos una red social. Hay formas fuera de estas plataformas donde podemos tener nuestro propio refugio comunicacional digital, una página web, por ejemplo.
  2. Observa si estás poniendo todas tus fichas en un solo lugar (como Instagram en este caso) y si es así, ¿tuviste la responsabilidad contigo, tu contenido y tu comunidad de hacer un respaldo? ¿Cuál es el peor escenario y cómo podrías abordar esa situación? ¿Quienes son los responsables y qué valores tienen estas empresas en donde yo decido ser vulnerable, confiar y compartir? Yo no lo tuve, así que manos a la obra.
  3. Al ser la primera vez que nos pasa es su culpa, la segunda será nuestra, ya tenemos el sentir, el conocimiento y podemos tomar la acción para estar en un lugar distinto.
  4. ¿Qué se esconde en mí detrás de estas censuras? ¿No confío en mi propósito comunicacional y vocacional? ¿Tengo miedo a brillar, a dejar a mi voz resonar en los demás?
  5. La rabia y el miedo nos puede impulsar a lugares inesperadamente positivos, mírenme, aquí estoy escribiendo por primera vez un artículo para conectar con ustedes y el poder de nuestras voces.
  6. Comparte lo que te pasa, no lo des por sentado, no estamos solos en esto.

Esta mañana el sarpullido llegó a mi garganta (ya sé, estoy somatizando pero ya tengo cita médica también, a Dios rogando y con el mazo dando), pero me siento más libre que nunca, estoy encendida y comprometida con mi propósito personal de una forma más auténtica, pero sobre todo más responsable. Gracias por llegar hasta aquí y que la fuerza de nuestras voces nos acompañen.

 

 

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