No soy muy de reggaetón y, sin embargo, hace algo más de dos años hubo algo que me cautivó de Despacito. Sí, sí… esa cancioncita de Luis Fonsi con Daddy Yankee que dio la vuelta al mundo y que ahora tiene arreglos desde arpa hasta zampoña. De hecho, empiezo a escribir esto con una versión en acordeón de fondo, proporcionada por un músico que toca siempre en el Renfe camino al aeropuerto de Barcelona.

Pero a lo que iba. Me gusta Despacito y aunque podría resultar sorpresivo para quienes me conozcan, no solo disfruto perreándola, sino que también me gusta lo que plantea la letra y me gusta mucho. Paso entonces a exponer mis razones, porque por casi sobre todo soy una mujer de razones (y del perreo hasta el suelo también… para qué engañarse a estas alturas del partido).

Como no puedo decir nada de la música (en términos de métrica, armonía y demás tecnicismos) comenzaré exponiendo lisa y llanamente mi tesis: en Despacito la mujer aparece como sujeto deseante. Y esto, sin proponérselo seguramente, no solo deviene en toda una revolución en el mundillo del perreo intenso, sino que además contribuye con la educación sexual de los varones heterosexuales.

Al inicio Fonsi rompe el silencio con esos jadeos aleatorios tan propios del género en cuestión, pero una vez que arranca la música Daddy Yankee nos informa “Vi que tu mirada ya estaba llamándome/ muéstrame el camino que yo voy”. Empezamos bien, porque tienes ahí a una mujer que inicia la acción de flirtear; una mujer que desea y actúa en consecuencia. A continuación, Fonsi nos suelta una comparación pobre del tipo “Tú eres el imán y yo soy el metal”, pero se lo dejaremos pasar porque continúa con “Me voy acercando y voy armando el plan/ solo con pensarlo se acelera el pulso”. ¡Sorpresa! Con esta declaración propone que la seducción (y con ella la intensificación del deseo) no pasa por la consumación misma del deseo, por el contrario, el hablante ya encuentra goce solo con la idea de lo que está por venir. Esta forma de construir y alimentar el deseo está sumamente arraigada entre las mujeres y, si no me cree, vaya y consúlteselo a la que tenga más próxima (en términos de confianza más que de distancia, claro).

Evidentemente, alguien podría refutar diciendo que realmente en esta parte de la canción se habla del cazador urdiendo la trampa para capturar la presa. Y desde allí ese alguien pasaría a exponer toda una perorata con argumentos en esa línea; y sí, podría pensarse así siempre y cuando la canción no continuara “Ya me está gustando más de lo normal/todos mis sentidos van pidiendo más/esto hay que tomarlo sin ningún apuro”. Qué importante es tomárselo sin prisa, señores. Vamos a ver, que de lo que estamos hablando es de follar y gozar, no de reducir el tiempo en el que corremos los 10 K. Y es que correr para correrse durante la seducción es una práctica muy arraigada en la educación sexual de muchos varones heterosexuales. Mal que mal, en la cultura occidental del mass media los fundamentos de esa educación residen en el porno. 

 

¡Ay!, esos videos de quince minutos en los que esas trabajadoras de la ficción están ad portas del paraíso en escasos cinco minutos. Esos cinco minutos que le pesan al espectador ávido del clímax, pues como dijera en su día Víctor Jara: la vida es eterna en cinco minutos. Eh…no. Con cinco minutos, muy pocas estarán todo lo húmedas que podrían estar para disfrutarlo a tope. Por eso, muy sabiamente, llega Fonsi con su coro a decirnos: “Despacito/ quiero respirar tu cuello despacito/ deja que te diga cosas al oído/ para que te acuerdes si no estás conmigo./ Despacito/ quiero desnudarte a besos despacito/ firmo en las paredes de tu laberinto/ y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito”. Esta última imagen del manuscrito es interesantísima. Y esto lo sabrá quien se haya dado el tiempo de recorrer, apenas tocando con las yemas de los dedos, el cuerpo de una mujer que comienza a excitarse. Y quien no lo sepa, ya puede ir poniéndose al día con los deberes.

Probablemente, sin siquiera proponérselo, Fonsi y Daddy Yankee están haciendo gala y apología del goce femenino como fin en sí mismo. Es más, reivindican el conocimiento sobre el propio cuerpo como fuente del placer femenino: “Quiero ver bailar tu pelo/ quiero ser tu ritmo/ que le enseñes a mi boca/ tus lugares favoritos/ Déjame sobrepasar tus zonas de peligro/ hasta provocar tus gritos/ y que olvides tu apellido”. Porque, a fin de cuentas, señores, se trata de gozar juntos.  ¿Y cómo podríamos hacerlo si desatendemos que un buen encuentro sexual no es más que una cuestión de cadencia, de acompasar los cuerpos a un ritmo compartido: despacito primero, más frenético después…? O, lo que es lo mismo: “Yo no tengo prisa yo me quiero dar el viaje/ empecemos lento, después salvaje/ pasito a pasito, suave suavecito/nos vamos pegando, poquito a poquito”. Apuesten y dense el viaje por la cartografía de esa otra que es, al mismo tiempo, sujeto deseante y fuente de placer. Recorran ese laberinto buscándose en ese cuerpo que se contorsiona junto al suyo al ritmo que están creando juntos. Vamos a hacerlo despacito, porque, como bien decía mi abuelita, el horno se enciende más despacio pero cuando está caliente, no vea usted cuánto dura eso.

 

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