Hace unos meses, luego del inicio de esta pandemia, vi con asombro la propuesta en calzado masculino por parte de la casa Gucci pero ¿por qué me sorprendió? Porque el objeto en marras es una reproducción, en cuero, de la típica chancla de mi barrio. Esa que para muchos era, o es, símbolo de desmejora social.

Alessandro Michele, director creativo de Gucci, propuso usar dicha prenda, que su coste asciende a casi 700€, para el verano que pasó y mi pregunta es ¿por qué?. Qué nos sucede que nos ha llevado a considerar dicha pieza como artículo de lujo y lo que ahora es un objeto de deseo, pero que para muchos latinoamericanos es un recuerdo que ha llenado de dolor y verguenza nuestras infancias.

La respuesta nunca es simple y concreta cuando del hombre se trata y más de este submundo “aparente” que es la moda.

La famosa chancla de 700 euros

Desde hace más de un par de décadas, muchos teóricos aseguran que ya no es el sistema quien propone el estilo sino la misma sociedad. Justamente, la industria crea las figuras de coolhunters o trendsetters, quienes hallan en nuestras calles lo que será o es tendencia y emplearla para sacarnos lo que tenemos y lo que no, para guardar en el clóset lo que ya teníamos, pero que menospreciamos.

La chancla “gucciana” no es el primer elemento cotidiano que se ha colado en la Haute Couture. No, no es la primera vez. Hemos visto sin tanto asombro los tejidos de las abuelas, los estampados y textiles antropológicos (estos sí causaron molestia en su momento por apropiación indebida de identidad), los coturnos transformados en plataformas, entre muchos otros regalos familiares o recuerdos de historias pasadas que uno rechazaba pero que al tomarlo una firma bendita cambia nuestra apreciación del mismo.

En su momento, a finales del siglo XVIII, es que la historia nos muestra cómo va dando sus primeros pasos esta pequeña y menospreciada empresa. Los ideales románticos de la igualdad, la libertad y esos bellos conceptos que aún no alcanzamos, fueron tomando forma física en el vestir, en especial el masculino. El hombre se incorpora a un trabajo, diferente, ser político. La burguesía se encarrila a todo tren en una carrera que ya es desenfrenada. El rey pues, fue degollado, literalmente. El hombre no solo trae el sustento, ahora hace política. Ese acto cambia todo. La mujer es vitrina del poder adquisitivo en la casa, es quien en su vestir muestra al mundo cuan buen proveedor es su esposo. Occidente se empeñó en hacer del lujo algo más común, lo que significó una lucha constante en poder aparentar. Ser rico es bueno y bello. Y así, lo creímos por varios siglos, casi tres. Ya a finales del siglo XX todo fue cambiando. Lo pop incorpora lo cotidiano como un elemento bello. Bendita sopita.

El sistema enmascara los problemas haciendo uso de la moda.  En la década del 90 y el 2000, los mass media nos llenaron el gusto con música con influencias árabes, movimientos de cadera, y algunos detalles en el vestir, como el uso de cadenas en las caderas, pulseras y tobilleras, entre otros detalles. Shakira contribuyó a que aquello que nos molestaba de la presencia árabe, se diluyera en sus sonidos. Los conflictos armados en Medio Oriente, que nos conducían una vez más a la posibilidad de una III Guerra Mundial, fueron envueltos en acordes y contorsiones que distrajeron nuestras conciencias civiles y nos indujeron a un deseo de movernos a su ritmo.

Alessandro Michele, Lana del Rey y Jared Leto en la MET Gala.

¿Las separaciones de clases se ven disimuladas por la moda?

Sí y no, porque también con el empuje de la industria nacen las grandes casas de Haute Couture y, por igual, el Prêt-à-porter. Diseñadores y diseñadoras que crearon un mundo de luz y color que encandiló a toda una generación, hacen una gran jugada con el prêt-à-porter dando los primeros pasos para volvernos uno, supuestamente. La globalización debe a la moda mucho. Pero ya esto es otro punto. Sin embargo, hoy la clase social que le interesa a la moda son los pobre, es lo pobre.

Cómo un ser humano que por avatares de la vida le toca vivir en un ambiente deplorable, que crea su propio vestir con lo que tiene y puede, logra verse en una vitrina de New York gracias a los coolhunters. Desde hace ya un tiempo nos hemos visto reflejados en escaparates gracias a la labor de estos profesionales. Tarea nada novedosa la verdad, porque si damos una pequeña revisión, por ejemplo, a la historia de la chancla, apreciamos que los romanos fueron uno de los primeros coolhunters de la historia. Tomaron de todas las culturas elementos que hasta hoy día usamos. La sandalia, aunque es un calzado propio de toda cultura, los romanos la idearon tomaron ideas de los persas, los griegos y los egipcios. Tenían un Sandaliarium, lugar donde se ubicaban todos artesanos especialistas en dicha pieza. Tomar o apropiarnos de elementos ajenos, no, no es nuevo.

Año 2020, cada vez es mayor el número de personas en estado de pobreza extrema y, por el contrario, son muy pocos, de hecho, solo hay una lista de 1oo -según Forbes- de personas con niveles incalculables de riquezas. Ya no se cuentan los ceros. Multimillonario es un término pequeño. Desde la revolución industrial el sistema ha buscado controlar y subestimar las inconformidades de la mayoría de sus miembros.

La moda y la tecnología han sido los vehículos para alcanzar una población distraída e ignorante. Alessandro Michele con sus artículos nos voltea las entrañas. Vemos con estupor, pero sin reacción lógica como nos gastamos todo lo que tenemos en algo que durará por siempre en el medio ambiente pero no en nuestros clósets. Hemos decidido “invertir” 700€ en unas chanclas que usaba nuestra madre para aventarnos a la cara nuestra estupidez. Así como yo, nos quejamos del producto, pero a lo mejor no es la chancla, pero sí un móvil ese objeto que puede hacernos mover el culo y correr a tener algo que no requerimos. Michele, nos enseña que damos valor a lo que no lo tiene. Todo lo que brilla no es oro.

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