La ficción y la vida han puesto frente a mí a muchos hombres rotos. Los hombres rotos son una epidemia, están en todas partes: en tu trabajo, entre tus amigos, en tu casa, son tu propio jefe o tu padre.

Siempre hablamos en el feminismo de lo que nos hacen los hombres, sin embargo, siempre he pensado que los hombres también son las víctimas y los creadores de nuestras propias desdichas. Especialmente si son hombres que están rotos: son inseguros, inclusive necesitan decir con cuántas se acuestan para poder sentirse superiores, pero no, no se quedan con eso. Te cuentan a quién se follaron, si lo hizo mal, o quién tuvo la osadía de ofrecerle sexo oral con condón y eso les bajó una erección. No aceptan la homosexualidad de su hijo, aunque este ya sea un hombre autónomo. Hacen fiestas con puros hombres para contarse las proezas que no pueden contar en Twitter porque qué dirán si empezamos hablar de lo grandiosos que somos o las pestes que podemos decir de las mujeres que se empoderan y gritan, pero ojo, somos la nueva masculinidad. Hablan de su mujer que lo trata tan mal que se ha convertido en un “calzonazos”, en un eunuco, porque él mismo ha sido tan cobarde que no la ha dejado porque es muy cómodo tener la cenita, ese jugar a la casita. No hablan de sus sentimientos, porque ser débil está mal o qué va a pensar esta si hablamos de lo que sentimos el uno por el otro así tengamos una relación de roce. Sin embargo, no se dan cuenta de por qué están rotos, van y siguen su vida buscando herramientas para evadir ese rompimiento porque arreglar el problema sería admitir que algo está mal en él.

Hace unos días, la ilustradora Paula Bonet escribía en el diario.es sobre un tipo que se había quejado de los pelos de su entrepierna. El artículo era innecesario como reivindicación política feminista, pero es un buen reflejo de hasta dónde puede llegar la estupidez masculina desfasada ante los prejuicios. ¿Cuál es la necesidad de un hombre en el siglo XXI que sabe que va a compartir intimidad y goce con una mujer en ser desagradable con ella? Simplemente algo está mal. Quizás la reivindicación de Paula Bonet tenía que haber venido al no afeitarse o depilarse, tanto ella como cualquier mujer en ese preciso momento va y se empodera: se folla a ese imbécil porque tienes ganas de follar y más nunca le coge el teléfono, o simplemente se le dice que se vaya a afeitar los pelos de la polla él y sanseacabó.

Estamos rodeadas de hombres rotos e inseguros y mientras vamos madurando, los vamos encontrando más porque a ellos se les va añejando esa herida que no limpian y a nosotras la rabia de seguir encontrándolos. Quizás podría afirmar que nosotras sabemos qué nos pasa, pero a ellos les pesa ese ego dolido, ese no querer curarse mientras se protegen detrás de una máscara. Las excusas son miles: una madre castradora –sí, las hay–, bullying en la escuela, la presión social del deber ser masculino, una mujer que le puso los cuernos mientras él se considera la Susanita de Mafalda, etc, etc, etc. Pero, en resumen, son hombres rotos porque no quieren cambiar. Y perdón, señores, yo he amado a muchos pero no se atreven. Ellos siempre se quedan con las excusas emocionales del por qué no me sé abrir. Son cobardes, y al final pareciera que lo que quieren es que uno se convierta en la mujer maldita que los trate mal, que los humille para así poder seguir rotos y no hacer la tarea.

El empoderamiento femenino viene en no hacernos las víctimas cuando no lo somos. En obviar un piropo si te parece desagradable o agradecerlo cuando te gusta, en aceptar unas nalgaditas follando o dárselas tú a él si te apetece, en decirle lo conservador y anacrónico que es si te dice que te afeites el coño o simplemente decirle lo imbécil que es y no llamarlo más nunca. Hola, vivimos en el siglo XXI, no en el XX, ni el XIX. Nuestro deber con el feminismo occidental es liderar reivindicaciones que nos hagan más fuertes, proponer el cambio en los códigos civiles para hacer más duras las sentencias contra los violadores, acabar con la prostitución o con la trata de mujeres, la aceptación del colectivo trans dentro del feminismo, pedir servicios sanitarios dignos y aprobar el aborto, no aceptar irrespetos en el entorno laboral ni en casa, acabar con la brecha salarial y con los roles de trabajo únicamente para mujeres: podemos estar en todas partes, empoderadas y reivindicativas pero no nos quedemos en la superficie, porque seguiremos luchando desde el victimismo. Desde la víctima, los hombres rotos verán el filón, nos pondrán la bota en la cabeza y seguiremos ahí, en el suelo, gritando desde la agonía. Y claro que es difícil, especialmente si el roto es tu pareja, tu jefe o tu amigo, pero hay que sentar precedentes. Hay que luchar por la crianza de hombres y mujeres que no se escondan detrás de una herida. Luchemos desde el empoderamiento que nos da nuestra mente, nuestro talento, la maternidad en sus múltiples formas y nuestro maravilloso cuerpo.

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