“Sal a la calle» es esa frase que a menudo se nos dice a los solteros como consejo para tener éxito y conseguir una cita, una pareja, pero que, quizás, en el futuro se puede convertir en un problema. Ante la imposibilidad de inmunizar nuestro cuerpo sin una vacuna en el mercado, la probabilidad de contraer el virus es una de las amenazas que nos trae el futuro de la intimidad.

Es irónico pensar que es sólo ahora cuando Tinder ha empezado a advertir a los usuarios «del riesgo de encontrarse en persona» como si conocer a un extraño por internet no ha sido siempre, hasta cierto punto, un ejercicio de confianza.

En la actualidad el coronavirus es similar en este sentido: nuestra continua participación en la sociedad se basa en la certidumbre. Este ejercicio de confianza íntima se da por asumir que las personas que tienen el virus se aislarán a sí mismas, tomando medidas no solo porque se puede sentir el riesgo en carne propia sino por disminuir el riesgo de todos. Sin embargo, a día de hoy cada vez es más difícil saber cómo hacerlo, ya que los médicos advierten que el virus puede ser propagado por aquellos que aún no muestran ningún signo de infección. ¿Así será nuestro futuro? ¿Nos dejaremos de tocar? ¿Seremos antisépticos, antivíricos?

Una vez que nos hayan dejado salir de su casa, ¿cómo podemos medir o mitigar estos riesgos? ¿Los viejitos en el parque se sentarán dos por banco, uno en cada esquina y se gritarán para intentar escucharse? Los niños, esas pequeñas bombas víricas, ¿jugarán vestidos como un astronauta? ¿Le pedirá a su pareja que se lave las manos delante de usted? ¿Le medimos la temperatura a un posible amante? ¿Hacemos un Julia Roberts en Pretty Woman y no nos dejamos besar mientras follamos? ¿Nos embutimos en plástico y nos convertimos en un condón humano?

Más allá de las preguntas del futuro en el presente la crisis del coronavirus puede ofrecer a algunos una pausa. Aquellos que se sienten fatigados por las apps de citas se sentirán aliviados de tener una excusa para no participar, como una nota del médico autorizándote a no participar en el juego. Pero también es un momento extraño e inquietante para estar solo. Ya he visto a muchas y a muchos en redes sociales quejándose de que el ex apareció de la peor manera o intentando ganar nuevamente la confianza con villas y castillos. Otros ni siquiera se sentarán a pensar en su vida emocional porque nunca lo han hecho, porque la vida los consume o porque tienen una herida tan grande que quizás ni la misma pandemia los haga llegar a ese nivel de intimidad consigo mismo.

Más que con cualquier otra crisis que pueda recordar, soportar esta pandemia es sentirse solo, excluido de lo social, así hagamos mil live en Instagram, juegues stop con tu familia por Zoom o con tu hija en tu casa. Quizás no tengas razones para creer que estás infectado, pero sigues siendo prisionero de la amenaza, incluso si el coronavirus no existe para ti más allá que una carrera al supermercado más cercano. ¿O no llegamos todos agotados del supermercado? ¿No nos sentimos rechazados por el otro porque ese otro que eres tú también es un posible peligro?

Ahora el mayor consuelo no sería un beso, sino un abrazo. Los abrazos solo nos los podemos dar –y con contraindicación- quienes convivimos con otros y no están infectados. Es en este tiempo de inestabilidad cuando más deseas saber y sentir qué relaciones te hacen o te hicieron sentir seguro y apoyado. No hay saliva ni Tinder ni jadeos que valgan el día de hoy, si no creaste un vínculo, porque siempre los vínculos son los que vencen el presente para dar la bienvenida al futuro. Sin vínculos y sin deseo nos quedaremos solos. No habrá besos, ni sexo que valga, solo quedará un cuerpo que se desea solo, ese yo que estaba de moda pre pandemia.

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