Si alguien me preguntara sobre una escritora norteamericana que se propuso indagar en su búsqueda interior y perderse en ella para lograr escribir, posiblemente respondería: la poeta norteamericana Sylvia Plath.

La famosa poeta se quitó la vida a la edad de treinta años y aunque algunos han argumentado que la figura de Plath ha sido aplanada por el mito de poeta atormentada y mujer traicionada -el suicidio siempre es un desafío para hablar en términos causales-, la escritura privada de Plath revela un complejo, un tormento, una lucha constante por buscarle sentido a la vida que terminó por darle un giro melancólico a su escritura.

Manuscrito de «La campana de cristal», imagen vía The Guardian

El primer título publicado por Sylvia Plath fue el poemario El Coloso (1960), obra que el crítico de The Observer, Al Alvarez, reseñó positivamente como un «logro técnico sobresaliente», pero que aún no indicaba el extraordinario poder encerrado en la psique literaria de Plath. Lo que quizás se olvida es que esta primera publicación se escapa del mito, son buenos poemas escritos al principio de la búsqueda de su propia voz.

El principal libro de Plath es su novela La campana de cristal, una obra de carácter autobiográfico firmada con el seudónimo de Victoria Lucas. Sin embargo, antes de esa novela estuvo Mary Ventura y el Noveno Reino, esa narración rechazada en un concurso de cuentos de la revista Mademoiselle, la misma publicación donde pasaría un verano como editora invitada. Esa experiencia que inspiró partes de La campana de cristal.

En Mary Ventura y el Noveno Reino, su protagonista, Mary, pasa gran parte de la historia atrapada en un tren; en un viaje que no quería hacer y sin saber a dónde va. Las descripciones de Plath nos obligan a sentir la inquietud y la sensación de que el viaje se acerca a ella con el peso de quien debe aceptar, irremediablemente, lo que le espera. Mary intenta saber qué es eso tan terrible que hay al final del viaje en el noveno reino: “Serás más feliz si no lo sabes…Cuando te acostumbras, el frío duele menos”. El destino la llamaba. Luego de terminar de escribir Mary Ventura y el Noveno Reino, Sylvia Plath intentó suicidarse por primera vez.

Aunque Harper Collins en Estados Unidos y Random House en España promocionaron la historia como recién descubierta en materiales promocionales, en realidad este cuento se encontraba con otros documentos de Plath en los archivos de la Biblioteca Lilly de la Universidad de Indiana. Para la novelista Mariana Enríquez, quien escribe el epílogo del cuento ilustrado en la edición española, “ya existía una escritora en ciernes muy decidida que, a pesar de su juventud, ya estaba encontrando sus temas y su estilo”. Plath estaba en búsqueda constante dentro de sí misma.

Después del rechazo de Mary Ventura y el Noveno Reino, la autora iba en una línea intermedia hacia su siguiente obra La campana de cristal. Pero antes vendría el mito: la mujer delgada y blanca americana, se casaría con Ted Hughes en Inglaterra, sería musa y poeta, a la vez que mujer y madre abandonada que escribiría poemas que han inspirado capítulos de series de la TV actual como Lady Lázaro.

En La campaña de cristal encontramos al personaje de Esther Greenwood, su yo ficcionado, que va perdiéndose en los profundos laberintos de su mente. Tanto la novela como el cuento están plagados de sentimientos de incompatibilidad y dudas, viviendo en un mundo donde ni el autor ni los personajes se ajustan a lo que la sociedad quiere que sean. Una parte de ella quiere ser escritora, pero la otra, madre y esposa.

En la novela, Plath comienza con Esther en la ciudad de Nueva York, trabajando para una revista de moda con otros estudiantes universitarios, pero siente que no encaja con ellos y esa atmósfera glamorosa. Después de que abandona la ciudad, Esther se hunde profundamente en el abismo de la locura e intenta suicidarse en múltiples ocasiones. “La idea de que podía matarme tomó forma en mi pensamiento con la misma naturalidad que un árbol o una flor” afirma Esther en uno de los pasajes de La campana de cristal. Y aunque casi logra morir, la encuentran y la llevan al hospital a tiempo. Cuando sale del hospital, es llevada a una sala donde recibe terapia con descargas eléctricas en un intento de recuperar la locura en la que se encuentra su mente.

La campana simbólica atrapa a Esther a lo largo de su vida, impidiéndole hacer nuevas conexiones con las personas que la rodean y cortando las que tenía. Distorsiona la forma en que se ve a sí misma, a otras personas y al mundo que la rodea; y cuando se levanta cae sobre sí misma nuevamente.

La campana de cristal - Sylvia Plath

A lo largo de la novela, Esther tiene problemas para reconocerse a sí misma, no comprende su propio rostro en los reflejos: está perdiendo su identidad. Esta pérdida la sumerge aún más en la depresión y, en última instancia, es lo que la hace devaluar su vida. Se muestran las duras realidades de la depresión y cómo ciertos ideales establecidos para las mujeres de los años 50 contribuyeron la forma en que Esther se veía a sí misma.

Aproximadamente un mes después de la publicación de La campana de cristal, Sylvia Plath puso su cabeza dentro de un horno e inhaló gases tóxicos, suicidándose. Fue sofocada por su propia búsqueda, tanto así que decidió irse.

A menudo se lee La campana de cristal como una especie de nota literaria de suicidio. La novela autobiográfica sigue memorablemente su primer intento de quitarse la vida y sus experiencias al vivir en una institución mental al someterse a una terapia de electrochoque; mientras se creaba su vida como un mito. Los relatos de las semanas que pasó en la ciudad de Nueva York antes del colapso proporcionan una imagen cautivadora no solo del estado mental de Plath sino de las imposibles demandas hechas a las mujeres de la época. Posiblemente toda su obra plantea una pregunta que quizás nos seguimos haciendo 70 años después: ¿podemos ser madre, escritora, esposa? ¿Podemos tenerlo todo?

 

 

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