Se ocupa Anna María Iglesia, periodista cultural y licenciada en filología italiana, ahora devenida felizmente en ensayista con su ópera prima La revolución de las flâneuses (Wunderkammer, 2019) de esa figura silenciada por la centralidad del relato cultural que es la flâneuse, en contraposición al flâneur, esa figura del transeúnte, el poeta, artista y crítico. Así pues, se da Iglesia a la tarea no solo de recordar -y censurar, en el sentido de exponer un juicio positivo sobre ella- a esa mujer innominada baudeleriana, “la mujer efímera, aquella que desaparece sin dejar rastro”, sino a rescatar su presencia ensombrecida y, en última instancia, a invitar a las nuevas flâneuses de nuestros días a “seguir reforzando la sociedad civil a través de una caminar que no es más que la experiencia del pensamiento crítico que, lejos de acomodarse a la prosa estatal, expresa insubordinación al discurso hegemónico y al poder que lo representa”. Pues, como recalca Iglesia, “no se trata tanto de reivindicar el papel de la flâneuse como paseante, sino como crítica, como ensayista, es decir, como voz pública”. Como persona que interviene activamente en el espacio público.

Su presupuesto es hacer constar la existencia de esas flanêuses, principalmente desde finales del s.XIX, que es cuando la idea de la flânerie adquiere unos nuevos atributos más sólidos (el término ya se usaba, al menos dos siglos antes; notable es la presencia del paseante en Rousseau), de las cuales apenas quedó constancia (pública), dado el borramiento al que han sido sometidas, reclamando el derecho a existir solas, a  la autoría, al derecho a mirar sin ser vistas y, por consiguiente, a no ser consumidas como meros objetos de la mirada masculina.

Se trata, como decíamos antes, de apropiarse del espacio público, de entender, como han dejado dicho Laura Elkin y Rebecca Solnit, que transitar el espacio urbano trasciende el mero hecho de caminar. Ya que la ciudad impone un mapa y sus prácticas; impone un modo de vida y de un rol social. Así, citando a la Solnit en Wanderlust, se reclama aquí la figura de la mujer como alguien capaz de pensar el caminar “como una herramienta y un reforzamiento de la sociedad civil, capaz de resistir ante la violencia, el miedo y la represión”. Porque, como decía Michel Foucault, “el espacio es fundamental en todo ejercicio de poder”. Por ello, escribe Iglesia, “la flâneuse es la mujer que, cuestionando las prácticas urbanas, cuestiona el sistema”.

Iglesia se basa fundamentalmente en el legado y testimonio de los textos de diversas autoras (Flora Tristán, George Sand, Virginia Woolf, Sylvia Plath, Luisa Carnés, Pardo Bazán, Olive Schreiner) y ciertas obras pictóricas (de Gustave Caillebotte, de Mary Cassatt, de Silvestro Lega, Renoir, Manet, Hopper o Berthold Woltze), junto a la crítica cultural y la sociología en aras de trazar un recorrido histórico (en seis partes) sobre la enunciación de una voz que no contaba con reflejo en el que mirarse.

Imagen: Ariana Basciani

Apropiarse del lenguaje: la afirmación de un yo que nunca se ha afirmado

Anna María Iglesia plantea en su ensayo un problema ontológico. Si, por definición, el flâneur es el observador, y su objeto de escritura es la mujer pasiva, aquella que se deja narrar y ser observada, a la mujer no le queda otra para reivindicarse como flanêuse que identificarse como hombre (de ahí los disfraces de George Sand o Delphine de Girardin) o escapar de la imagen canónica de la mujer. Así, lo que hacen las flâneuses es, contra el situarse al margen del flâneur, se (auto)asumen parias, se (auto)excluyen del engranaje social que las obliga a servir a un rol (pre)establecido por el flâneur. Una autoexclusión entendida como ruptura y transgresión. Esta es la manera para “poner en crisis el espacio, su configuración y su relato”, y la forma de proponer una nueva mirada, una mirada incómoda que “se detiene en las grietas y en las fisuras del espectáculo urbano”.

La flâneuse práctica así la ética de la resistencia, apropiándose del espacio y reclamándolo como propio. A diferencia de las primeras invasiones de la mujer del espacio público en la figura de la prostituta (la primera flâneuse, según Buck-Morss; quien transgrede los convencionalismos y las normas y paga un alto precio por ello), la mujer trabajadora (que recorre cada día la ciudad para ir a trabajar) o la mujer burguesa (que entiende el paseo como ocio y pasatiempo), la flâneuse ya no entraría en la ciudad a través del comercio, como mercancía (o como vendedora o compradora), sino por derecho propio, gracias a la escritura, el lenguaje.

Porque de un lado está el propio concepto de la flâneuse, el término literario que sirve para dar cuenta de una experiencia moderna, urbana y cosmopolita y, de otro lado, estaría la evolución natural -y actual- del término hacia alguien que no solo pasea, la paseante sinestésica, que se deja engatusar por esas “mil pasiones fugaces” balzaquianas, y que ya no va de la imagen sensorial al signo cognitivo, que no fundamenta su experiencia urbana exclusivamente en el extrañamiento de los sentidos, sino más bien “aquella que, apropiándose de las calles y del espacio público, propone un contrarrelato, contesta el discurso o en palabras del escritor y ensayista Marcelo Cohen, cuestiona el discurso de Estado, el discurso que conforma el todo social. Contra el discurso fractal del flâneur, la flâneuse genera incomodidad e implica un cambio en el orden social. Sirve aquí entonces la escritura como forma de intervención social, en tanto que ejercicio ético de testimonio que busca escenificar una experiencia compartida y que, al tiempo, funciona como modo útil para el (auto)descubrimiento. Porque, como recalca insistentemente Anna María Iglesia en este ensayo, la flâneuse no es solo aquella que se limita a los paseos urbanos sino quien afirma y consolida esta experiencia a través de la escritura, a través del ejercicio crítico de la escritura. Pasear y escribir van, pues, de la mano; siendo partes indisolubles de una misma experiencia.

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