En mis 10 años en España siempre me había parecido que hablar de sexo era un tabú importante entre mujeres, aunque a simple vista pareciera que los españoles eran muy subidos de tono y que en las películas de Almodóvar los personajes femeninos siempre estuvieran diciendo cómo y qué querían dentro de su coño; pero parecía que, en España, ninguna mujer se había masturbado o había explicitado ese goce, hasta que llegó el Satisfyer

Compré el Satisfyer Pro un día mientras conversaba con una amiga y mi compañera de piso. Esta última nos contó que su novio catalán le había regalado el suyo, aunque todavía no lo había recibido por la cantidad de pedidos que había del placentero bicho. Mi otra amiga y yo revisamos precios y caímos en competencia: “a que lo recibimos primero que tú”, le dijimos a mi compañera de piso. No, no nos quisimos quedar atrás y compramos.  

-¿Cuánto te debo por el bicho? 

-31 euros. 

El orgasmo económico ya lo habíamos obtenido: compramos dos bichos en oferta en Amazon. 

Aunque mi primer vibrador me lo regaló una amiga en Caracas hace más de 10 años y en mi veintena, mi experiencia con juguetes solo había sido con vibradores o consoladores que asemejaban a un falo y que lo máximo que podían hacer por tu clítoris era masajearlo con una especie de orejitas de conejo que te hacían gritar ¡Oh, sí! más rápido, mientras te penetrabas con un falo de plástico color rosa. Sin embargo, el Satisfyer era esa cosa que parecía un pingüino con doble sentido: del goce (nada fálico) y cuqui (casi recordándote la inocencia, lo virginal, esa falta de sentido pecaminoso). 

Los días de entrega del pedido pasaron. A la primera que le llegó el pingüino bicho fue a mí y, en consecuencia, una cadena de mensajes de WhatsApp: “Me llegó el Satisfyer antes que a ti”, le decía a mi compañera de piso. Media hora después: “Ok, esto me dio el orgasmo más rápido que he tenido en mi vida. También me quedé sin aire, casi me da una vaina. Fue placer y cagazón, tipo 50 orgasmos de Grey sin aire. En serio, creo que hasta tuve una eyaculación con esto”. Seguí con mis comentarios, le decía que la onda expansiva hacía que el clítoris creciera más rápido, que eso que decían de que el clítoris era como un micropene pero con más sensibilidad en la mujer era cierto: la ventosa de la vibración del pingüino te hacía sentir cómo crecía el clítoris. No era un pingüino cuqui, era un pingüino tan malo que te ponía los ojos en blanco.

Satisfyer: el último hombre en las aguas tibias de la revolución solitaria

 

A los días llegó el pingüino de mi compañera de piso y le di el otro bicho a mi otra amiga. Cada una tenía una historia distinta: que si póntelo en las tetas pa’ que veas el cielo, que si es tan intenso que después tienes que esperar para seguir follando, que si te quemas las orejas con la intensidad del orgasmo, que si tus amantes de turno lo quieren probar contigo, que si ya lo puse a cargar otra vez. Un día, estando de pie, lo probé y casi me caigo de culo porque las piernas me temblaban más de lo normal en pleno clímax. 

El Satisfyer era Jesús caminando por encima del agua, produciendo orgasmos rápidos como milagros, cosechando seguidoras, siendo el más popular en Black Friday, creando una nueva religión. Ahora la revolución silente de las mujeres en España vocifera en Twitter y, aunque teníamos a Dios en la mesita de noche o un poco mojado por las aguas tibias, siempre a las horas de usarlo me pregunto: “¿qué pasó con esos cuentos sobre hombres que siempre querían follar en las películas de Almodóvar? ¿dónde están?”.

 

Imagen de portada: «El Sueño de la Esposa del Pescador» de Katsushika Hokusai, 1814.

 

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