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Deseo, sexo y consentimiento: el espinoso mundo de las mujeres en el siglo XXI

A Nagore Laffage la mató un hombre que trabajaba en la misma empresa que ella. En el juicio, por la investigación del hecho, a la madre de la víctima el jurado popular le hizo una pregunta: ¿era Nagore muy ligona? José Diego Yllanes, confirmó que la había matado. Yllanes fue condenado por homicidio y no por asesinato, por lo que hoy día ha cumplido su condena y está en libertad condicional luego de 12 años en la cárcel.

La pregunta del jurado popular en el caso de Nagore me recuerda al ensayo de Katherine Angel, El buen sexo mañana. Mujer y deseo en la era del consentimiento (Alpha Decay, 2021), donde la ensayista recuerda que “cuando una mujer ha accedido a algo, ya no puede negarse a nada”. El discurso de la literalidad en el consentimiento es espinoso, no solo porque a menudo el apetito sexual de las mujeres es una herramienta para exonerar la violencia masculina en casos como el de Nagore, sino que también, se podría llegar a convertir en un puritanismo con respecto al lenguaje de la seducción.

La resolución del tribunal popular en el juicio de Nagore argumentó que el condenado no aprovechó la indefensión de la víctima, junto a cuatro atenuantes adicionales -arrebato, confesión del delito, intoxicación etílica y reparación del daño- y una sola circunstancia agravante de abuso de superioridad. Luego de cumplir un poco más de nueve años de cárcel, el confeso homicida ya disfrutaba de un régimen de semilibertad y ejercía como psiquiatra en una clínica privada, aunque esta felicidad le duró poco tiempo, ya que una tormenta mediática lo vapuleara y expondría públicamente. ¿Hasta qué punto la vida de un asesino y violador sí puede revertir y retomar su normalidad mientras que la de una mujer que ejerce su deseo sexual no?

Portada de El buen sexo mañana. Mujer y deseo en la era del consentimiento, una portada que fue vetada en el Instagram de la editorial.

Deseo: consentimiento y autoconocimiento

No solo pasa en el caso de Nagore Laffage también en el juicio del futbolista inglés Ched Evans en 2016, donde se alegó que la mujer violada por él “tenía predilección por el sexo fuera de lo común”, haciendo obvio que las muestras de placer encuentran un doble rasero en el caso de quien lo pida consiente sea una mujer.

El libro de la doctora en sexualidad, Katherine Angel, utiliza el caso de Evans para explicar la hipocresía en el discurso ya que a veces es difícil para las mujeres decir que no, porque temen a la agresión que podría surgir de un hombres al que no quiere que se le niegue el placer. Sin embargo, la especialista aclara que también es difícil decir que sí, precisamente por lo que podría surgir en el camino. Es así como entonces estas reiteraciones de consentimiento “colocan la carga sobre las mujeres”, al necesitar tener claro su deseo sexual y a lo que se exponen al expresarlo.

Pero esta carga es aún más compleja dependiendo de la raza. En El buen sexo mañana. Mujer y deseo en la era del consentimiento, la especialista entiende lo espinoso del consentimiento, las creencias y la sexualidad de las mujeres, por ejemplo, con hipersexualización de la mujer negra, ya que el estereotipo creado por Linneo en el siglo XVIII sigue siendo un referente en la actualidad: las mujeres negras son unas “desvergonzadas”. No es de extrañar que en la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, más allá del racismo, las esclavas negras eran violadas por “lo desvergonzadas” y “promiscuas” excluyéndolas del ámbito legal. Vale recordar que en la actualidad en mercados como los Estados Unidos y Europa entre las categorías del porno más vistas del site Pornhub se encuentran Ebony o Latina, por encima de Blonde o Russian.

En el caso de las mujeres negras Angel hace un inciso y crea más dudas: “Cómo oponerse a las alusiones racistas sobre el deseo sexual de la mujer negra sin asfixiar lo que podría ser la expresión crucial y radical de dicho deseo? ¿Cómo aspirar justicia sin renegar del placer?” “¿Cómo sexualizar el cuerpo sin eclipsar el mensaje político? ¿Debe el cuerpo femenino permanecer inane, ausente ante un pasado y un presente racista?”

Joan Morgan sostiene que es fundamental que la mujer negra plante cara ante la desatención hacia su relación con el placer ante la cantidad de estereotipos deshumanizantes que la rodean. | Imagen de Evi Kalemi.

Deseo versus consentimiento

El consentimiento no puede cargar con el peso de nuestros deseos, sería cercenador, como explica Katherine Angel. El discurso del consentimiento, afirma la especialista, tiene doble rasero, pues reconoce la vulnerabilidad pero también la rechaza, haciendo que las mujeres se conviertan en seres blindados que se venden como conocedores del deseo propio sin darle un verdadero peso a la vulnerabilidad.

Angel explica en el primer capítulo del libro Sobre el consentimiento, así como en sus cuatro restantes (sobre el deseo, la excitación y la vulnerabilidad), cómo ni la jurisdicción ni las leyes harán que se cambien instantáneamente los problemas de las conductas sexuales (Vale recordar que en España se acaba de adoptar una ley que ha sido extremadamente criticada por un sector de la población y celebrada por otro). Además, afirma desde un punto de vista crítico, por qué el lenguaje optimista e “insistentemente positivo” privatiza la cultura de la violación y recrea el concepto irreal de mujer no vulnerable, una premisa engañosa si entendemos que tanto mujeres como hombres somos intrínsecamente personas posibles a ser vulneradas en cualquier circunstancia, no sólo la sexual. Ángel da en el clavo cuando afirma “la regla del consentimiento no es suficiente para considerar el sexo, porque pasa por alto una cosa que es fundamental reconocer: no siempre sabemos lo que queremos…Demasiadas veces la retórica del consentimiento implica que el deseo está ahí, a la espera, perfectamente formado en nuestro interior”.

La crítica de Angel no es anodina, el deseo está conformado por situaciones y contextos, con la interacción, que en muchas ocasiones, hace que descubramos “cosas que ni sabíamos que queríamos”, porque sencillamente el deseo, como también estudia la poeta Anne Carson, no nace en soledad ni podemos articular una ética sexual que no tenga en cuenta la incertidumbre del sexo.

Es por eso que el ensayo critica lemas como “Sí significa sí” o “No significa no”, este último utilizado en los setenta hasta el posfeminismo de las Spice Girls, ya que reduce el debate a lo simplista e infantil al no examinar por qué ocurre la violencia en primer lugar, ya que el hablar o decir la verdad, no son fundamentalmente emancipadores en contextos donde la incertidumbre impera.

El buen sexo mañana. Mujer y deseo en la era del consentimiento reafirma por qué la literalidad de los discursos puede generar errores ante la complejidad de un problema. Por ejemplo, ¿a quién beneficia que se exija que las mujeres hablen y señalen explícitamente qué quieren en cada momento de la relación sexual? se pregunta Angel. Aunque la especialista se alegra por la explosión del movimiento #MeToo, afirma que algunas veces el contexto le hacía sentir  “como si las mujeres estuviéramos obligadas a contar nuestras historias”, una percepción que va ligada a “la creencia de que sincerarse es un valor fundamental y asintomático del feminismo”, a lo que concluye diciendo, ya que “no todas las voces -que se sinceran- son iguales”. Ángel abre el melón de qué pasa y qué cargas implican esa sinceridad.

Aunque Angel todavía no tiene una respuesta a una ética sexual en la actualidad, nos crea dudas para combatir a los que tienen la convicción de tener dichas respuestas. El buen sexo mañana. Mujer y deseo en la era del consentimiento invita a desarrollar la complejidad de nuestra intuición con respecto a la incertidumbre que recae sobre nuestros cuerpos, intimidades y deseos.

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No, gracias

Claro que quiero verme bien, porque quiero ser mi mejor yo en todo lo que hago. Eso dista mucho de permitir que me moldeen, pinten, alarguen o enderecen. No, gracias.

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